Ya pasó el tiempo? Es posible que uno ya nunca más se esponje?, que haya desaparecido, sin solución, esa dulce
náusea al verte? Es posible. El decorado
no cambia. La ventana a la izquierda, luego una farola de luz blanca, la calle
vacía y los gatos, ahora, peleándose por
follar. Todo se ha decidido fríamente con
la lógica de los días y las horas. Resistir en esta
meseta . "And this is everything, my friends!"
miércoles, 26 de febrero de 2014
martes, 11 de febrero de 2014
visita
Me gusta que vengas a verme como hoy, sin esperarlo; recorrer el
huerto y que puedas comprobar cómo progresa. Oír en qué me he
equivocado, y ver como los tomates se siguen muriendo sin
siquiera dar un fruto. Lástima no saber cuando volverás, y tener
preparado el café y un poco de conversación sobre todo; nunca hablar
del presente en este mar lunar en que nos movemos, como si no
tuviéramos.
lunes, 10 de febrero de 2014
la vocación
Pertenezco a un cuerpo de
funcionarios en la base de la pirámide jerárquica, al final de la cadena
productiva; de los que se ocupan de ejecutar hipotecas, lo que a veces me
recuerda el poema “el embargo” de
Gabriel y Galán. Frente a mi, cada
día, en la pantalla de visualización de datos, redacto providencias que empiezan siempre con un lugar y una fecha
y terminan con una firma.
Junto a mi mesa ocupa la suya una joven que a veces me mira; yo me centro en sus piernas y en sus tobillos. La “oposición” fue mi
alternativa a la albañilería, cansado como estaba de amasar cemento y
trasegar ladrillos a la orden de
capataces gallegos o asturianos de afinada puntería, cuya pasión era matar conejos con postas mientras la
plantilla abría zanjas entre cigarrillos
y risotadas fanfarroneando con cómo montaban a sus esposas; yo, por entonces, ya debía apuntar maneras porque no se dirigían a mí por el nombre
sino llamándome "secretario"; quizá fue
ese el germen de aquella vocación mía, y,
sin quererlo, aquellos capataces acerbos despertaron en mí este vicio por redactar providencias depuradas, precisas, sin descuidar ni la ortografía ni la prosodia, providencias enamoradas diría, en
ocasiones, cuando entre punto y
punto aprovecho para mirar la curva desnuda de los pies de mi compañera,
recogidos en sus zapatos clásicos de tacón más bien alto, como a mi me gustan.
martes, 28 de enero de 2014
El juego
En la plaza la fila de niños ondula y se cierra en un
circulo. La que manda se sitúa en el centro y cuenta hasta diez, luego el
círculo se rompe y los niños corren buscando su mejor escondite. Engañoso
escondite porque pronto, la mayor, con las piernas cubiertas de ronchas rojas,
va descubriendo, sabihonda, a cada niño por el lugar y por su nombre: -en la
esquina fulanito, te he visto –detrás de esa puerta, tú, te he visto. Los niños
vuelven desganados y la mayor ordena otro círculo, cuenta hasta diez, luego el círculo se rompe y vuelven a
esconderse. Rayas con tiza el patio
fresco de tu casa, y con tu pie de niña empujas un trozo de teja, golpeas con
la fuerza justa y medida para que la teja alcance el rectángulo, porque en la
raya no vale; me ganas, pero mi victoria es otra: ver
como repican tus dos coletas a cada salto y tus bragas de espuma de colorines.
viernes, 24 de enero de 2014
tres
Había momentos en los que nos invadía un sentimiento de felicidad
y era porque nos parecía que todas las piezas en las que se resumía nuestra
existencia encajaban. Todo era perfecto en las tardes de paseo hasta el
estanque de peces de colores donde crecían unos rosales primorosos, y del que,
con una bomba de mano, extraíamos agua para avivar las hojas de menta, la menta
con que la que perfumábamos nuestras manos y que refrescaba nuestras horas; en
fin… dios existía y nos amaba. Había momentos de un sentimiento de fatal
amargura y era porque nos parecía estar abandonados, como niños apestados, esos que arrinconados en el patio del colegio
soportan inermes crueles insultos. No había consuelo suficiente para nuestro ánimo
y caminábamos a tientas por entre las
horas infinitas; en fin…el tiempo era un
perro feroz que nos mordía. Había
momentos de inercia y era un empuje anónimo, una corriente que nos empujaba el
cuerpo y la voluntad por un reino inanimado, y no nos resistíamos porque daba igual dónde ir; como esas zorras viejas que corren hambrientas campo a través mirando temerosas hacia atrás, huyendo inútilmente de una amenaza que temen inmediata pero que no existe.
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