martes, 10 de mayo de 2016

cabezón



Elegí esta  música para acompañarme cada vez que vuelvo a casa;  al final, un hombre solo tiene una casa, y aunque cuando abro la puerta  me reciben la ausencia y un abandono doloroso, no tardo en sobreponerme y pronto el silencio no es tal, la casa empieza a vivir y yo aparezco en mi sitio de siempre, como si el tiempo hubiera estado suspendido. Tomo el relevo de sus ocupantes huidos o muertos, y salvo, de lo que queda, lo que puedo; ahora unas oliveras, las he aligerado de ramas y troncos, acicalándolas como a unas auténticas damas; porque, qué es una olivera limpia de ramas y soleada, sino una mujer presumida; bien... cabezón.

lunes, 28 de marzo de 2016

redacción libre




Redacción  libre.

            Llevo un tiempo a vueltas sobre la cuestión de la mediocridad, a cuenta de un examen para mi fallido ingreso en los Salesianos. Luego se me ha ocurrido lo de la edad, ya que hoy he pasado por una ecografía urológica para controlar el tamaño de la próstata.

            Esta mañana me he duchado para no oler. Como cada año me tumbo en la camilla y me descubro; cuatro dedos por debajo del ombligo (parte alta de la pelvis), y la camisa por encima de las costillas flotantes (a los riñones se accede por los flancos). En ese momento surge con el radiólogo una especie de conmiseración; se suspende la rutina de la vida mientras escruta, no con fuerza pero tampoco flojo, los riñones y la vejiga, hasta que pronuncia la frase, “todo normal, como el año pasado”.

               ¿Qué tal el examen?  No sé; papá, cuántos huevos hay en docena y media?

jueves, 10 de marzo de 2016

orfidal








Todas las cosas nos hablan esta noche, pensamos en todo lo que escuchamos, oímos palabras dulces, nombres tras el cristal; ahora hablan las sombras, dulces sombras que nos hablan a lo lejos y envuelven  tiernamente con su aliento, nos llaman con sílabas desconocidas y nos acompañan.

sábado, 28 de marzo de 2015

un sueño









Esta noche he soñado contigo, yo creo que ha sido en la negrura  más opaca del sueño cuando has salido no sé muy bien de dónde y te has acercado decidida,  me has cogido la mano y te he rodeado por la cintura apretándote contra mi. A pesar de que hacía mucho que no nos veíamos, me has besado. He sentido tus labios y un poco de la saliva de tu lengua, y me mirabas como diciéndome, sí, créelo, soy yo y te estoy besando, este es mi cuerpo, esta mi saliva, mi lengua, y respiramos lo mismo; podía sentir la piel  como a mi me gusta recorrerla, con la yema de mi dedo índice derecho. Luego te has ido por la misma negrura  del sueño.

lunes, 29 de septiembre de 2014

kodak




Hace unos meses coloqué una fotografía
cerca de la mesa de trabajo, en un lugar preferente para poder verla
con facilidad;  es una foto en el color aún pobre del 66, en la que un
grupo de hombres y niños del pueblo posan  como un equipo de fútbol, 
 con el mosén en el centro, un mosén gordo que  viste guardapolvo
negro; en cuclillas, debajo y a la derecha de mi padre, estoy yo, el
más pequeño; hace mucho sol como en el verano siempre hace, en el aire
hay pereza,  obligación de vivir. Mis paisanos miran  al fotógrafo y
el polvo de la  tierra se pega a los zapatos y a los  bajos de sus
pantalones, y sube mordiendo las paredes y la puerta que sirve de fondo
a la imagen. A la izquierda del grupo  y pegado sobre la fachada del
“café” hay un cartel de chapa que anima a beber  "fanta”.  Aunque es un
plano largo los conozco a todos; los hay que posan  con los brazos
cruzados en actitud dócil, otros  abrazan a su compañero por la
espalda en señal de forzada camaradería, los hay con traje de chaqueta
bien cortado que adoptan una pose de galán, otros inclinan la cabeza
hacia el centro del grupo esforzándose por “salir”, ignorando que hay
plano de sobra, están los que parecen incómodos y huidizos, y los de
gesto rudo y laborioso. Inútilmente busco explicar la necesidad de
mirarme diariamente en esa foto, quiza es el intento de extraer, desde este
abismo, la esencia del instante  en el que todos guardamos  el mismo silencio.

domingo, 27 de julio de 2014

el allgaier









En casa había un cactus de esos mejicanos, un perro loco que tiraba a pastor alemán y un gato de angora  para el que los veranos eran un calvario; patos, palomas, conejos y un cerdo negro, que nos comíamos en navidad, completaban la fauna  doméstica,  junto con una cabra ceniza que  daba leche para flanes y natillas; un hermano mayor, también, y  unos padres y una abuela con moquita, los cuartos oscuros  con  pasos de  muertos,  y un pajar grande que guardaba un tractor  fallido de marca “Allgaier”. Todo de papel, del que se arruga con una sola mano y se tira a la mierda.